Quedan unos días para volver al colegio y empiezas a hablar con tu hijo sobre septiembre.
Esperas que te pregunte por los deberes, por quién será su profesor o por si este curso será más difícil.
Pero sus preguntas son otras:
“¿Con quién me va a tocar?”
“¿Y si mis amigos están en la otra clase?”
“¿Con quién me sentaré?”
“¿Y si en el patio no tengo con quién jugar?”
“¿Y si vuelve a estar ese niño?”
Incluso puede aparecer una frase mucho más directa:
“No quiero que me toque esa clase.”
Para muchos adultos, septiembre significa libros nuevos, horarios, material escolar y volver a organizar las rutinas.
Para algunos niños, sin embargo, la verdadera vuelta al cole ocurre en el patio.
No les preocupa tanto si Matemáticas será más difícil.
Les preocupa algo mucho más personal:
“¿Tendré un lugar dentro del grupo?”
La vuelta al cole también es una vuelta al mundo social
Cuando pensamos en las dificultades relacionadas con el inicio del curso solemos centrarnos en aspectos académicos: atención, aprendizaje, organización, deberes o adaptación a las nuevas rutinas.
Pero entre los 6 y los 11 años las relaciones con los iguales adquieren una importancia enorme.
Los compañeros empiezan a ocupar un espacio cada vez mayor en la vida del niño.
Tener un amigo con quien sentarse.
Saber a quién buscar en el patio.
Sentirse elegido para un juego.
Recibir una invitación a un cumpleaños.
Formar parte de un grupo.
Notar que alguien se alegra cuando llegas.
Son experiencias aparentemente pequeñas que contribuyen a construir una sensación fundamental:
“Aquí pertenezco.”
Por eso, para un niño que ha tenido dificultades sociales durante el curso anterior, septiembre puede despertar mucha más incertidumbre de la que los adultos percibimos.
“Pero si tiene amigos…”
Una de las situaciones que más desconcierta a algunas familias aparece cuando el niño dice:
“No tengo amigos.”
Pero desde el colegio explican:
“Sí que juega con otros niños.”
“Está integrado.”
“Habla con sus compañeros.”
“No lo vemos solo.”
¿Quién tiene razón?
Posiblemente, ambos.
Porque estar rodeado de otros niños no significa necesariamente sentirse conectado con ellos.
Un niño puede jugar durante el recreo y, aun así, sentir que no tiene un amigo especial.
Puede formar parte de un grupo, pero tener la sensación de ser siempre el último al que eligen.
Puede hablar con muchos compañeros y sentir que ninguno lo conoce realmente.
Puede parecer socialmente integrado desde fuera y sentirse profundamente inseguro por dentro.
Por eso, cuando un niño dice “no tengo amigos”, antes de corregirlo con un “claro que tienes amigos”, merece la pena intentar comprender qué significa exactamente esa frase para él.
Quizá quiera decir:
“No tengo a nadie a quien buscar cuando estoy solo.”
“Siento que los demás se prefieren entre ellos.”
“Tengo compañeros, pero no siento que tenga un amigo de verdad.”
¿Por qué algunos niños están tan preocupados por saber con quién les tocará?
No existe una única explicación.
En algunos niños será simplemente la incertidumbre normal que acompaña a un nuevo curso.
En otros, esa pregunta puede contener experiencias mucho más importantes.
El curso anterior no fue fácil
Si un niño terminó junio sintiéndose rechazado, excluido o poco conectado con su grupo, el verano no necesariamente borra esa experiencia.
Puede haber dejado de hablar del tema.
Puede estar contento durante las vacaciones.
Puede parecer completamente tranquilo.
Pero cuando septiembre se acerca, reaparece la pregunta:
“¿Y si vuelve a pasar?”
En estos casos, el niño no está preocupado únicamente por conocer a sus nuevos compañeros.
Está anticipando la posibilidad de repetir una experiencia que le hizo daño.
Cuando perder a un amigo parece perder el único punto seguro
Para algunos niños, saber que su mejor amigo estará en otra clase puede generar un malestar muy intenso.
Desde fuera podemos pensar:
“Bueno, conocerá a otros niños.”
Y probablemente sea cierto.
Pero para ese niño concreto, ese amigo quizá cumplía una función mucho más importante.
Era quien le ayudaba a entrar en los juegos.
Con quien sabía qué decir.
A quien buscaba cuando algo iba mal.
La persona que convertía un patio lleno de niños en un lugar predecible.
Por eso, separarse de ese compañero puede sentirse como empezar de cero.
No necesariamente debemos evitar cualquier separación entre amigos, pero sí podemos comprender qué representaba esa relación para el niño y valorar qué apoyos necesitará para construir nuevas conexiones.
El miedo a quedarse solo en el patio
Hay una pregunta que puede decirnos muchísimo sobre cómo vive un niño la vuelta al colegio:
“¿Qué es lo que más te preocupa de volver?”
Y algunas respuestas sorprenden.
No hablan de exámenes.
Ni de deberes.
Ni siquiera del profesor.
Hablan del recreo.
“No saber con quién jugar.”
El patio es uno de los contextos sociales más complejos del colegio.
Hay menos estructura adulta.
Las reglas sociales son más implícitas.
Hay que acercarse.
Proponer.
Negociar.
Aceptar un “ahora no”.
Entender cuándo alguien está bromeando.
Saber entrar en un juego que ya ha empezado.
Resolver pequeños conflictos.
Cambiar de actividad si el grupo cambia de idea.
Para muchos niños esto ocurre de manera relativamente espontánea.
Para otros supone un enorme esfuerzo.
“¿Y si no me eligen?”
Durante Primaria empieza a aparecer con fuerza la comparación social.
Quién corre más.
Quién lee mejor.
Quién tiene más amigos.
A quién invitan.
Quién es elegido primero.
Quién hace reír a los demás.
Y también quién parece quedarse fuera.
Un niño con una autoestima social vulnerable puede estar especialmente pendiente de estas señales.
Si dos compañeros hacen un plan sin él, puede pensar:
“No me quieren.”
Si su amigo juega con otra persona:
“Ya no soy su amigo.”
Si no lo eligen primero:
“Nadie quiere estar conmigo.”
Por eso, algunas preocupaciones sobre septiembre no hablan únicamente de amistad.
También pueden hablarnos de cómo se percibe el niño dentro del grupo.
No todas las dificultades sociales significan que un niño tenga pocas habilidades sociales
Este matiz es importante.
Cuando un niño tiene dificultades con compañeros solemos pensar rápidamente:
“Tiene que trabajar habilidades sociales.”
Pero no siempre es así.
Un niño puede saber perfectamente cómo iniciar una conversación y, sin embargo, tener muchísimo miedo al rechazo.
Puede entender las normas sociales, pero reaccionar impulsivamente cuando se enfada.
Puede relacionarse adecuadamente uno a uno, pero bloquearse en grupos grandes.
Puede tener buenas habilidades sociales y encontrarse simplemente en un grupo donde no ha conseguido establecer relaciones significativas.
O puede haber vivido experiencias previas que hayan hecho que ahora interprete las situaciones sociales con mucha más inseguridad.
Por eso es importante comprender qué ocurre exactamente antes de decidir qué necesita trabajar.
¿Puede estar relacionado con ansiedad social?
En algunos casos sí.
Un niño con ansiedad social puede estar muy pendiente de cómo lo perciben los demás.
Puede preguntarse:
“¿Y si digo algo raro?”
“¿Y si se ríen?”
“¿Y si nadie quiere sentarse conmigo?”
“¿Y si intento jugar y me dicen que no?”
Cuando anticipamos rechazo, una situación social nueva puede sentirse amenazante incluso antes de que haya ocurrido nada negativo.
Algunos niños evitan.
Otros permanecen cerca del adulto.
Otros esperan siempre a que alguien los invite.
Y algunos parecen irritables o dicen directamente que “no quieren ir al colegio”, cuando lo que realmente temen es enfrentarse a determinadas situaciones sociales.
¿Puede ocurrir en niños con TDAH?
Algunos niños con TDAH pueden experimentar dificultades en sus relaciones con los compañeros, aunque esto no ocurre en todos los casos.
La impulsividad puede hacer que interrumpan, respondan demasiado rápido o tengan dificultades para esperar.
La intensidad emocional puede complicar la resolución de pequeños conflictos.
Las dificultades para interpretar lo ocurrido antes de reaccionar pueden generar malentendidos.
Y cuando un niño acumula experiencias de corrección o rechazo, puede llegar al nuevo curso especialmente pendiente de cómo lo recibirán los demás.
Pero preocuparse por los compañeros no significa que exista TDAH.
Como siempre, necesitamos observar el funcionamiento global del niño.
¿Y en niños con autismo?
Para algunos niños dentro del espectro autista, los cambios en el grupo, las nuevas dinámicas sociales o la falta de predictibilidad pueden aumentar significativamente la incertidumbre.
Puede resultarles difícil saber cómo acercarse a un grupo, interpretar determinadas intenciones, mantener conversaciones recíprocas o adaptarse a juegos cuyas reglas cambian constantemente.
Otros desean profundamente tener amigos, pero no siempre saben cómo conseguir que una relación pase de ser simplemente un compañero de clase a convertirse en una amistad.
Y esto es importante porque existe todavía la idea equivocada de que los niños autistas “prefieren estar solos”.
Algunos sí disfrutan de largos periodos de actividad individual.
Pero muchos desean tener relaciones significativas y pueden sufrir cuando no consiguen establecerlas.
Una preocupación intensa por los compañeros, por sí sola, tampoco permite concluir que exista autismo.
Cuando pregunta veinte veces quién estará en su clase
A medida que se acerca septiembre, algunas familias intentan tranquilizar:
“Seguro que te tocará con tus amigos.”
“Ya verás como todo irá bien.”
“No tienes de qué preocuparte.”
Lo hacemos con buena intención.
Queremos reducir su ansiedad.
Pero existe un problema: quizá realmente no sepamos qué ocurrirá.
Y si finalmente no le toca con sus amigos, nuestra tranquilidad puede convertirse en una promesa que no podemos cumplir.
Podemos ofrecer seguridad de otra manera.
En lugar de:
“Seguro que te toca con ellos.”
Podemos decir:
“Todavía no sabemos quién estará en tu clase.”
“Entiendo que te gustaría estar con ellos.”
“Y si no os toca juntos, pensaremos cómo podéis seguir viéndoos y cómo ayudarte a conocer mejor a otros compañeros.”
Qué podemos hacer antes de empezar el colegio
No necesitamos convertir las últimas semanas de vacaciones en un entrenamiento intensivo de habilidades sociales.
Pero sí podemos aprovechar algunas conversaciones.
Preguntar sin interrogar
En lugar de preguntar únicamente:
“¿Tienes ganas de volver al cole?”
podemos probar con preguntas más concretas:
“¿Qué es lo que más te apetece de volver?”
“¿Hay algo que preferirías que fuera diferente este año?”
“¿Qué te gustaría que pasara en el patio?”
“Si pudieras pedir una cosa para tu nueva clase, ¿qué pedirías?”
Las respuestas pueden darnos mucha información.
No solucionar demasiado rápido
Si responde:
“Me da miedo que nadie quiera jugar conmigo.”
nuestra primera reacción puede ser:
“Eso no va a pasar.”
Pero quizá podamos detenernos un momento.
“¿Te preocupa quedarte solo?”
“¿Te pasó alguna vez el curso pasado?”
“¿Qué fue lo más difícil?”
Antes de tranquilizar, intentamos comprender.
Preparar un pequeño “plan B” social
Para algunos niños puede resultar tranquilizador pensar de antemano qué pueden hacer si aquello que temen ocurre.
Por ejemplo:
“Si llegas al patio y tu amigo está jugando con otros niños, ¿qué podrías hacer?”
Podemos pensar juntos dos o tres opciones:
- acercarse y preguntar si puede jugar;
- buscar a otro compañero conocido;
- empezar una actividad que facilite que otros se acerquen;
- pedir ayuda a un adulto si realmente se siente solo.
El objetivo no es anticipar todas las situaciones posibles.
Es ayudarle a sentir:
“Si ocurre algo difícil, tengo opciones.”
Lo que ocurre durante las primeras semanas importa más que el primer día
A veces ponemos muchísima atención en el primer día de colegio.
Pero la adaptación social no se decide en 24 horas.
Puede que el primer día vuelva encantado.
Puede que durante una semana parezca perfectamente integrado.
Y puede que las dificultades aparezcan después, cuando los grupos empiezan a consolidarse.
Por eso, durante septiembre y octubre, puede ser útil observar cambios.
¿Empieza a decir que nadie quiere jugar con él?
¿Habla constantemente de conflictos?
¿Deja de mencionar a compañeros que antes eran importantes?
¿Aparecen dolores de barriga antes de ir al colegio?
¿Está especialmente irritable al volver?
¿Empieza a evitar cumpleaños o actividades grupales?
¿Dice repetidamente que quiere cambiar de clase?
Una señal aislada no necesariamente indica un problema.
Pero un patrón mantenido merece nuestra atención.
¿Y si realmente existe rechazo o acoso?
No todas las preocupaciones sociales son producto de la inseguridad del niño.
A veces hay un problema real.
Si un niño explica repetidamente que lo insultan, lo excluyen deliberadamente, se ríen de él, lo amenazan o existe una dinámica mantenida de maltrato entre iguales, no deberíamos limitar la intervención a enseñarle estrategias para “encajar mejor”.
Es necesario recoger información, hablar con el centro educativo y valorar cuidadosamente qué está ocurriendo.
Especialmente ante una posible situación de acoso escolar, la responsabilidad de detener la situación no puede recaer únicamente sobre el niño que la está viviendo.
Una pregunta que puede ser más útil que “¿con quién has jugado?”
Al salir del colegio solemos preguntar:
“¿Qué tal?”
“¿Con quién has jugado?”
“¿Qué habéis hecho?”
Podemos añadir de vez en cuando otra pregunta:
Porque quizá nos interese menos contar cuántos niños había alrededor y más comprender cómo se ha sentido nuestro hijo estando con ellos.
¿Cuándo conviene consultar?
La preocupación por saber con quién le tocará es completamente comprensible antes de comenzar un nuevo curso.
Podemos plantearnos pedir orientación profesional cuando el miedo a las relaciones sociales provoca un sufrimiento intenso, rechazo persistente a acudir al colegio, aislamiento, conflictos frecuentes, deterioro de la autoestima o síntomas físicos recurrentes relacionados con la asistencia escolar.
También cuando las dificultades para establecer o mantener amistades se repiten en diferentes contextos y se mantienen a lo largo del tiempo.
El objetivo de una valoración psicológica no debería ser simplemente determinar si el niño “tiene habilidades sociales o no”.
Necesitamos comprender qué ocurre cuando intenta relacionarse, qué piensa, qué siente, cómo responde y qué experiencias está teniendo con los demás.
Psicología infantil en L’Hospitalet de Llobregat y Baix Llobregat
En el Centro de Psicología Laura Aut (PSI-LAUT), en L’Hospitalet de Llobregat, acompañamos a niños, adolescentes y familias ante dificultades emocionales, sociales, de aprendizaje y relacionadas con el neurodesarrollo.
Cuando la vuelta al colegio despierta una preocupación especialmente intensa por los compañeros, el rechazo o la posibilidad de quedarse solo, podemos valorar qué factores están interviniendo y qué tipo de acompañamiento necesita ese niño concreto.
No se trata de conseguir que tenga muchos amigos.
Se trata de ayudarle a desarrollar relaciones en las que pueda sentirse seguro, comprendido y parte del grupo.
Preguntas frecuentes sobre la vuelta al cole y los compañeros
Mi hijo está obsesionado con saber con quién le tocará en clase, ¿es normal?
Es frecuente que los niños quieran saber con qué compañeros compartirán clase, especialmente si tienen amistades importantes. Conviene prestar más atención cuando la incertidumbre genera una ansiedad muy intensa, altera el sueño, provoca rechazo a volver al colegio o está relacionada con experiencias sociales negativas anteriores.
Mi hijo dice que no tiene amigos, pero el colegio dice que juega con otros niños. ¿A quién hago caso?
A ambos. El colegio puede observar que participa y se relaciona, mientras que el niño puede no sentir que esas relaciones sean significativas. En lugar de discutir si “tiene o no tiene amigos”, puede ser más útil preguntarle qué entiende él por tener un amigo y qué siente que le falta.
¿Debo pedir al colegio que lo pongan con su mejor amigo?
Dependerá de cada situación. En algunos casos mantener una figura social de referencia puede facilitar la adaptación; en otros, el niño puede beneficiarse de ampliar relaciones. Si existe una necesidad emocional, social o relacionada con el neurodesarrollo relevante, conviene explicarla al centro para que pueda valorarla junto con el resto de factores organizativos.
¿Qué hago si mi hijo tiene miedo de quedarse solo en el patio?
Primero conviene comprender si se trata de un miedo anticipatorio o si realmente ha vivido situaciones frecuentes de aislamiento. Podemos preparar estrategias sencillas para incorporarse a juegos, identificar compañeros de referencia y acordar a qué adulto puede acudir si necesita ayuda.
¿Cómo sé si son dificultades sociales o simplemente timidez?
La timidez no implica necesariamente una dificultad. Un niño puede necesitar tiempo para entrar en confianza y después relacionarse satisfactoriamente. Nos preocupa más cuando existe sufrimiento significativo, evitación, aislamiento o dificultades persistentes para establecer relaciones que el propio niño desea tener.
¿Cuándo debería consultar con un psicólogo infantil?
Cuando las dificultades sociales afectan de forma significativa a su bienestar, autoestima, asistencia escolar o vida cotidiana, o cuando se mantienen durante un periodo prolongado y no sabemos qué las está provocando.
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Una idea para recordar
Que un niño pregunte insistentemente quién estará en su clase puede parecer una preocupación pequeña.
Pero detrás de:
“¿Con quién me tocará?”
a veces hay otra pregunta que todavía no sabe formular:
“¿Habrá alguien con quien pueda sentirme yo?”
Escuchar esa pregunta invisible puede ayudarnos a acompañar la vuelta al colegio de una manera completamente diferente.
Bibliografía recomendada
- Monjas Casares, M. I. (2009). Cómo promover la convivencia: Programa de Asertividad y Habilidades Sociales (PAHS). CEPE.
Muy útil para comprender y trabajar las relaciones interpersonales, la convivencia y las habilidades sociales en niños. - Ortega Ruiz, R. (coord.) (2010). Agresividad injustificada, bullying y violencia escolar. Alianza Editorial.
Una referencia especialmente interesante para comprender las relaciones entre iguales, los conflictos, la exclusión y las situaciones de acoso escolar. - Bisquerra Alzina, R. (coord.) (2011). Educación emocional. Propuestas para educadores y familias. Desclée de Brouwer.
Aporta estrategias relacionadas con regulación emocional, autoestima, convivencia y competencias sociales que pueden ser útiles tanto para familias como para profesionales.
Este artículo tiene finalidad divulgativa y no sustituye una evaluación psicológica individualizada.
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