“Sabemos que puede hacerlo.”
“Cuando quiere, se concentra.”
“Si estoy encima, termina los deberes.”
“Hay días que lo hace solo y perfectamente. Entonces, ¿por qué otros días parece incapaz?”
Esta es una de esas situaciones que desconcierta muchísimo a las familias. Porque cuando hemos visto a nuestro hijo hacer algo correctamente, parece lógico pensar que debería poder repetirlo siempre. Y cuando no ocurre, resulta muy fácil llegar a una conclusión:
“Puede hacerlo, pero no quiere.”
Sin embargo, en psicología infantil sabemos que existe una diferencia muy importante entre saber hacer algo y ser capaz de poner en marcha todas las habilidades necesarias para hacerlo en ese momento.
Y comprender esa diferencia puede cambiar completamente nuestra forma de mirar a un niño.
Saber hacerlo no significa poder hacerlo siempre
Imaginemos a un niño que sabe perfectamente cómo preparar la mochila. Conoce su horario, sabe dónde están los libros y entiende que tiene que revisar la agenda antes de salir de casa.
Sin embargo, tres días después vuelve a olvidarse el cuaderno.
Le preguntamos:
—¿Pero tú sabes que los jueves tienes que llevarlo?
—Sí.
—Entonces, ¿por qué no lo has cogido?
—No sé.
Y probablemente sea verdad. No lo sabe.
Porque conocer los pasos de una tarea no significa necesariamente ser capaz de recordarlos, organizarlos, iniciarlos y supervisarlos en el momento adecuado.
Para preparar esa mochila intervienen muchas habilidades que apenas vemos: mantener información en la memoria de trabajo, anticipar qué necesitaremos, resistir distracciones, organizar materiales, comprobar lo que hemos hecho y detectar posibles errores.
Es decir, intervienen las funciones ejecutivas.
Por eso un niño puede conocer perfectamente lo que tiene que hacer y, aun así, necesitar ayuda para conseguir hacerlo.
“Pero ayer sí pudo”
Esta suele ser una de las partes más difíciles de comprender. Si ayer hizo los deberes solo durante media hora, ¿cómo puede ser que hoy no consiga ni empezar?
Porque el rendimiento humano no es constante.
Tampoco el nuestro.
Nuestra capacidad para concentrarnos, organizarnos, controlar nuestras emociones o tolerar una dificultad cambia dependiendo del cansancio, el estrés, el sueño, la motivación, el entorno y la cantidad de demandas que hemos acumulado.
En los niños ocurre exactamente lo mismo, con una diferencia importante: su cerebro todavía está desarrollando muchas de las habilidades que los adultos damos por hechas.
Un niño puede ser capaz de hacer una tarea un lunes por la mañana, descansado y acompañado, y bloquearse ante esa misma tarea un jueves por la tarde después de seis horas de colegio.
La capacidad está ahí. Lo que cambia es cuánto esfuerzo necesita para acceder a ella.
El peligro del “cuando quiere, puede”
Hay frases que parecen inocentes pero que, cuando se repiten, pueden acabar construyendo una determinada imagen del niño:
“Es muy listo, pero muy vago.”
“Cuando le interesa, bien que se concentra.”
“Lo que pasa es que no quiere esforzarse.”
“Si estuviera más pendiente, no se olvidaría de las cosas.”
Con el tiempo, el propio niño puede empezar a construir una explicación sobre sí mismo:
“Soy un desastre.”
“Nunca hago nada bien.”
“Mis padres siempre tienen que estar detrás de mí.”
“No sé por qué me pasa.”
Y ahí podemos encontrarnos con algo especialmente doloroso: un niño que quiere hacerlo bien, pero que empieza a creer que no se esfuerza lo suficiente porque los adultos tampoco conseguimos entender por qué unas veces puede y otras no.
¿Y si realmente solo lo hace cuando le interesa?
Esta pregunta merece una respuesta más compleja que un sí o un no.
El interés influye muchísimo en nuestra atención y motivación. Todos somos capaces de mantener durante más tiempo una actividad que nos resulta estimulante que otra monótona o repetitiva.
Pero en algunos niños esa diferencia es especialmente marcada.
Un niño puede pasar muchísimo tiempo construyendo, dibujando, investigando sobre un tema que le apasiona o jugando y, cinco minutos después, ser incapaz de mantener la atención mientras hace una ficha.
Desde fuera parece contradictorio:
“¿Cómo puede concentrarse durante una hora en eso y no durante diez minutos en los deberes?”
Porque la atención no funciona únicamente como un interruptor que decidimos encender voluntariamente.
La novedad, el interés, la recompensa inmediata, la dificultad de la tarea, el estado emocional y el nivel de estimulación influyen en nuestra capacidad para mantenerla.
Esto puede resultar especialmente relevante cuando existen dificultades atencionales o un TDAH, aunque también puede ocurrir en niños sin ningún diagnóstico.
A veces el problema no está en hacer la tarea, sino en empezarla
Hay niños que pueden realizar perfectamente una actividad una vez que han comenzado.
El gran problema ocurre cinco minutos antes.
—Venga, empieza los deberes.
—Ahora voy.
—Han pasado diez minutos.
—¡Ya voy!
—Pero todavía no has sacado ni el libro.
Y el adulto empieza a desesperarse.
Puede parecer desafío o falta de interés, pero iniciar una tarea también requiere funciones ejecutivas.
Hay que abandonar lo que estamos haciendo, cambiar el foco de atención, representar mentalmente el objetivo, organizar los primeros pasos y tolerar la incomodidad inicial.
Para algunos niños, ese momento de transición es precisamente la parte más difícil.
Por eso puede resultar muy diferente decir:
“Haz los deberes.”
que ayudar inicialmente con:
“Vamos a pensar cuál es el primer paso.”
El objetivo no es hacer las cosas por ellos. Es proporcionar temporalmente la estructura que todavía les cuesta generar solos.
Otras veces aparece el miedo a equivocarse
También existe el niño que aparentemente “no quiere hacer” una tarea porque lleva veinte minutos sin empezar.
Pero cuando hablamos con él descubrimos algo diferente.
No sabe cómo conseguir que quede exactamente como quiere. Tiene miedo de equivocarse. Piensa que los demás lo harán mejor. O prefiere no intentarlo antes que comprobar que quizá no le salga bien.
Aquí la evitación puede parecer falta de motivación cuando, en realidad, está funcionando como una forma de protección frente al fracaso.
Esto conecta con algo que explicábamos en nuestro artículo “Mi hijo pregunta constantemente si lo está haciendo bien: ¿inseguridad, perfeccionismo o miedo a equivocarse?”: algunos niños necesitan tanta seguridad antes de actuar que terminan dependiendo constantemente de la confirmación del adulto.
Y cuanto más miedo tenemos a equivocarnos, más difícil puede resultar empezar.
Cuando aprender requiere demasiado esfuerzo
Hay otra situación que debemos tener especialmente presente: un niño puede evitar una tarea porque realmente le cuesta.
Pensemos en un niño con dislexia al que pedimos leer durante veinte minutos.
Desde fuera observamos que protesta, se levanta, busca excusas, pregunta cuánto falta o intenta negociar para hacerlo después.
Podríamos pensar:
“No quiere leer.”
Pero quizá la pregunta sea:
“¿Cuánto esfuerzo le supone leer?”
Si cada línea exige descodificar palabras lentamente, corregir errores y mantener toda esa información para comprender el texto, veinte minutos de lectura no representan el mismo esfuerzo para él que para otro niño.
Lo mismo puede ocurrir ante determinadas demandas cuando existen dificultades de atención, lenguaje, aprendizaje, regulación emocional o procesamiento sensorial.
Antes de interpretar una conducta como falta de voluntad, necesitamos conocer el coste que esa actividad tiene para ese niño.
TDAH, TEA, dislexia y altas capacidades: ¿qué relación pueden tener?
Que un niño muestre estas dificultades no significa necesariamente que tenga un trastorno del neurodesarrollo. Sin embargo, la diferencia entre saber qué hacer y conseguir hacerlo de manera consistente puede resultar especialmente visible en algunos perfiles.
En el TDAH, por ejemplo, pueden existir dificultades relacionadas con la inhibición, la memoria de trabajo, la planificación, la gestión del tiempo, la iniciación de tareas y la regulación de la atención.
En algunos niños con TEA, determinadas demandas pueden complicarse por la necesidad de anticipación, las transiciones, la flexibilidad cognitiva, la sobrecarga sensorial o la regulación emocional.
Un niño con dislexia u otra dificultad específica del aprendizaje puede evitar determinadas tareas porque su coste cognitivo es considerablemente mayor.
Y algunos niños con altas capacidades pueden mostrar una enorme implicación cuando algo supone un desafío intelectual y desconectar ante actividades excesivamente repetitivas, además de poder presentar perfeccionismo u otras dificultades asociadas que conviene valorar individualmente.
Por eso, en una evaluación psicológica, no deberíamos preguntarnos únicamente:
“¿Puede hacerlo?”
También necesitamos saber:
“¿En qué condiciones puede hacerlo?”
Esta segunda pregunta suele ofrecernos mucha más información.
La misma conducta puede tener explicaciones completamente diferentes
Dos niños pueden estar sentados delante de una hoja sin escribir absolutamente nada.
Desde fuera vemos exactamente lo mismo.
Pero uno no sabe cómo empezar. Otro está distraído. Otro tiene miedo a equivocarse. Otro no ha entendido la consigna. Otro está agotado. Otro encuentra la tarea demasiado sencilla y ha desconectado. Y otro lleva todo el día regulándose y ya no dispone de los mismos recursos.
Y sí, otro quizá simplemente preferiría estar haciendo otra cosa.
La conducta es lo que vemos. Lo que hay detrás de ella es lo que necesitamos comprender.
Por eso las mismas estrategias educativas no funcionan para todos los niños.
Comprender no significa dejar de poner límites
Comprender una conducta no significa justificarla.
Este matiz es fundamental.
Podemos entender que a nuestro hijo le cuesta muchísimo dejar la consola y, al mismo tiempo, mantener el límite de que ha terminado el tiempo de juego.
Podemos comprender que está agotado y seguir esperando que nos hable con respeto.
Podemos reconocer que empezar los deberes le resulta difícil y ayudarle a desarrollar progresivamente autonomía.
Comprensión y límites no son conceptos opuestos.
De hecho, los límites funcionan mucho mejor cuando están acompañados de estrategias que permiten al niño desarrollar las habilidades necesarias para cumplirlos.
Una pregunta diferente puede cambiar nuestra forma de ayudar
Ante una conducta que se repite, podemos probar a sustituir:
“¿Por qué no quiere hacerlo?”
por:
“¿Qué le está impidiendo hacerlo?”
Parece un cambio pequeño, pero abre posibilidades completamente diferentes.
Quizá necesite dividir la tarea. Quizá necesite anticipación. Quizá no sabe por dónde empezar. Quizá necesita unos minutos para recuperarse. Quizá la actividad es demasiado difícil. Quizá necesita menos instrucciones simultáneas. Quizá tiene miedo de hacerlo mal.
O quizá necesita aprender una habilidad que nosotros pensábamos que ya tenía completamente adquirida.
Entonces dejamos de luchar contra el niño y empezamos a trabajar sobre la dificultad.
“Si le ayudo, nunca aprenderá a hacerlo solo”
Esta preocupación es completamente comprensible.
Pero ayudar no significa sustituir.
Podemos pensar en el apoyo como un andamio.
Al principio podemos decir:
“Vamos a preparar juntos lo que necesitas.”
Después:
“Dime tú qué necesitas y yo te ayudo a comprobarlo.”
Más adelante:
“Prepáralo y después hacemos una revisión.”
Hasta llegar a:
“Confío en que puedes hacerlo solo.”
El objetivo es retirar progresivamente la ayuda a medida que aumenta la competencia del niño.
No hacer las cosas por él, pero tampoco exigir autonomía antes de que disponga de las herramientas necesarias para sostenerla.
Cuando el colegio dice: “Sabemos que puede dar más”
Esta frase también merece atención.
En ocasiones es cierta: existe una diferencia evidente entre el potencial del niño y su rendimiento.
Pero precisamente esa diferencia debería despertar nuestra curiosidad.
Si sabemos que tiene capacidad, ¿qué está interfiriendo para que no pueda demostrarla de forma consistente?
¿Atención? ¿Organización? ¿Ansiedad? ¿Dificultades de aprendizaje? ¿Desmotivación? ¿Perfeccionismo? ¿Sobrecarga? ¿Problemas emocionales? ¿Una combinación de varios factores?
Decir simplemente “puede dar más” describe la situación.
Comprender por qué no consigue hacerlo es lo que nos permite intervenir.
Voz de Laura Aut
En consulta me interesa especialmente una frase que escuchamos con mucha frecuencia: “Sabemos que puede hacerlo porque otras veces lo ha hecho.”
Precisamente por eso creo que debemos preguntarnos qué cambia entre esos momentos.
Si un niño puede realizar una tarea en determinadas circunstancias y en otras parece incapaz, no siempre necesitamos aumentar la exigencia. A veces necesitamos comprender mejor qué condiciones facilitan que aparezcan sus capacidades y cuáles las bloquean.
Como adultos solemos valorar mucho el resultado final. Pero detrás de una conducta aparentemente sencilla pueden intervenir atención, memoria, planificación, regulación emocional, tolerancia a la frustración, motivación y autoestima.
Un niño no debería tener que fracasar muchas veces para que empecemos a preguntarnos qué necesita.
¿Cuándo conviene consultar con un psicólogo infantil?
Que un niño procrastine, proteste ante los deberes o necesite recordatorios de vez en cuando forma parte de la vida cotidiana y no implica necesariamente ninguna dificultad.
Puede ser recomendable consultar cuando la diferencia entre lo que sabemos que el niño puede hacer y lo que consigue realizar es muy marcada y persistente, cuando necesita una supervisión excesiva para su edad, aparecen conflictos diarios o las dificultades afectan significativamente a su aprendizaje, autonomía, relaciones o autoestima.
En estos casos, una evaluación no debería centrarse únicamente en poner o descartar un diagnóstico.
Debería ayudarnos a responder una pregunta mucho más útil:
¿Qué está haciendo difícil algo que aparentemente debería poder hacer?
En el Centro de Psicología Laura Aut, en L’Hospitalet de Llobregat (Baix Llobregat), realizamos evaluación e intervención psicológica infantil y juvenil ante dificultades relacionadas con el TDAH, TEA, aprendizaje, funciones ejecutivas, altas capacidades, regulación emocional, ansiedad y autoestima.
Nuestro objetivo es comprender el perfil de cada niño para orientar a la familia y al entorno educativo y diseñar estrategias ajustadas a sus necesidades.
Porque muchas veces, detrás de un:
“Puede hacerlo, pero no lo hace”
hay una historia mucho más compleja.
Y comprenderla puede ser el principio del cambio.
Preguntas frecuentes sobre niños que pueden hacer las cosas pero no las hacen
¿Por qué mi hijo puede hacer algo unos días y otros no?
El rendimiento infantil puede variar según el cansancio, el estrés, la motivación, el nivel de dificultad, el contexto y las demandas sobre las funciones ejecutivas. Que haya conseguido hacer algo anteriormente demuestra que posee determinadas habilidades, pero no necesariamente que pueda utilizarlas con la misma eficacia en cualquier situación.
¿Que mi hijo solo se concentre en lo que le gusta significa que tiene TDAH?
No. El interés influye en la atención de todos los niños. Para valorar un posible TDAH es necesario estudiar un patrón más amplio de dificultades, su persistencia, su presencia en diferentes contextos y el impacto que tienen sobre el funcionamiento cotidiano.
¿Cómo puedo saber si es falta de ganas o realmente le cuesta?
Observa cuándo aparece la dificultad, qué tareas la provocan, qué ocurre justo antes, qué tipo de ayuda funciona y si el niño muestra el mismo comportamiento en diferentes situaciones. El patrón suele proporcionar mucha más información que una conducta aislada.
¿Ayudarle demasiado puede hacerlo dependiente?
Puede ocurrir si sustituimos sistemáticamente al niño en aquello que podría realizar. Sin embargo, proporcionar apoyos ajustados y retirarlos progresivamente puede favorecer precisamente lo contrario: el desarrollo de la autonomía.
¿Las funciones ejecutivas pueden mejorar?
Las funciones ejecutivas se desarrollan progresivamente durante la infancia y la adolescencia. La estructuración del entorno, las estrategias adaptadas, la práctica y determinados apoyos pueden facilitar el desarrollo de habilidades como la planificación, la organización, la inhibición o la supervisión de la propia conducta.
¿Cuándo debería solicitar una evaluación psicológica infantil?
Cuando las dificultades son persistentes, afectan a varios ámbitos, provocan conflictos frecuentes o interfieren significativamente en el aprendizaje, la autonomía, las relaciones o el bienestar emocional del niño, puede resultar conveniente realizar una valoración profesional.
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Referencias científicas
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- Portellano Pérez, J. A., & García Alba, J. (2014). Neuropsicología de la atención, las funciones ejecutivas y la memoria. Síntesis.
- Servera-Barceló, M. (2005). Modelo de autorregulación de Barkley aplicado al trastorno por déficit de atención con hiperactividad: una revisión. Revista de Neurología, 40(6), 358–368.
Este artículo ha sido elaborado por el equipo de Psicología Laura Aut a partir de la evidencia científica disponible y de nuestra experiencia clínica con niños, adolescentes y familias. Su contenido tiene carácter divulgativo y no sustituye una evaluación psicológica individualizada.
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