En septiembre parecía contento.

Preparaba la mochila con ilusión, hablaba de su nueva clase y aseguraba que todo iba bien. Quizá las primeras semanas incluso te sorprendió verlo más responsable, autónomo o dispuesto a ir al colegio.

Pero ha llegado octubre y algo ha cambiado.

Ahora le cuesta levantarse, protesta por las mañanas, olvida materiales, tarda muchísimo con los deberes o llega a casa completamente agotado. Puede mostrarse irritable, llorar por situaciones aparentemente pequeñas o decir:

«No quiero ir al colegio».

«No puedo más».

«Todo me sale mal».

Esta transformación puede desconcertar a las familias. Si al principio parecía adaptado, ¿por qué las dificultades aparecen ahora?

La respuesta no siempre es que haya sucedido algo nuevo. En ocasiones, el niño ha conseguido sostener las primeras semanas gracias a la novedad, la ilusión, un esfuerzo extraordinario o unas exigencias todavía reducidas. Cuando el ritmo aumenta y ese impulso inicial desaparece, empiezan a hacerse visibles las dificultades que antes permanecían compensadas.

Empezar bien no significa que la adaptación ya esté completada

La adaptación escolar no ocurre únicamente durante el primer día de clase.

Al principio, las actividades suelen ser más flexibles. Se presentan los profesores, se organizan los materiales, se recuerdan normas y se realizan tareas de repaso. Los compañeros también están buscando su lugar y todavía no se han consolidado completamente los grupos.

Con el paso de las semanas, la situación cambia:

  • Aumenta la cantidad de tareas.
  • Hay que mantener la atención durante más tiempo.
  • Empiezan los primeros exámenes.
  • Se exige mayor autonomía.
  • Aparecen trabajos en grupo.
  • Los contenidos avanzan.
  • Las relaciones sociales se vuelven más estables y complejas.
  • Las actividades extraescolares completan las tardes.

Por eso, algunos niños no muestran dificultades importantes durante septiembre. Estas aparecen cuando las demandas académicas, sociales, sensoriales y organizativas superan los recursos que estaban utilizando para compensarlas.

¿Qué puede haber detrás de este cambio?

No existe una única explicación. Para comprender qué sucede necesitamos observar qué momentos resultan más difíciles, qué ha cambiado y cuánto esfuerzo está realizando el niño para responder a las expectativas.

El esfuerzo acumulado empieza a hacerse visible

Un niño puede comportarse adecuadamente en clase y, aun así, estar realizando un esfuerzo enorme para conseguirlo.

Puede pasar el día intentando:

  • No levantarse de la silla.
  • Recordar las instrucciones.
  • Ignorar los ruidos del aula.
  • Copiar al mismo ritmo que los demás.
  • Controlar lo que dice.
  • Comprender las bromas y las normas sociales.
  • No mostrar que una actividad le resulta difícil.
  • Evitar equivocarse delante de sus compañeros.

Mientras está en el colegio puede mantener el control porque sabe qué se espera de él. Al llegar a casa, donde se siente seguro, deja de sostener ese esfuerzo.

Entonces aparecen el cansancio, las protestas, el llanto o los enfados.

Esto no significa que el niño haya estado fingiendo durante el día. Significa que la conducta visible no siempre nos informa del coste interno que implica mantenerla.

Las funciones ejecutivas están cada vez más exigidas

Durante las primeras semanas, el profesorado suele ofrecer más recordatorios y acompañamiento. Cuando avanza el curso, se espera que el alumnado organice los materiales, recuerde las fechas, empiece las tareas, revise el trabajo y gestione mejor el tiempo.

Estas habilidades forman parte de las funciones ejecutivas.

Cuando existen dificultades en este ámbito, podemos observar:

  • Olvidos frecuentes.
  • Material perdido.
  • Tareas que no se entregan.
  • Dificultad para comenzar los deberes.
  • Problemas para seguir instrucciones con varios pasos.
  • Necesidad constante de supervisión.
  • Desorganización aunque el niño conozca la materia.
  • Bloqueos cuando debe realizar varias tareas.

En algunos niños con TDAH, estas dificultades pueden hacerse más evidentes cuando aumenta el tiempo que deben permanecer concentrados y disminuyen la novedad y la supervisión inicial.

Sin embargo, tener olvidos o desorganizarse durante unas semanas no implica necesariamente que exista un TDAH. Debemos valorar la intensidad, la frecuencia, la duración y la presencia de dificultades en diferentes contextos.

Los contenidos empiezan a mostrar una dificultad de aprendizaje

En septiembre se repasan muchos contenidos del curso anterior. Un niño puede desenvolverse razonablemente bien porque ya conoce parte de las tareas o porque estas todavía son sencillas.

Cuando comienza el contenido nuevo, pueden aparecer dificultades relacionadas con:

  • La lectura y la escritura.
  • La comprensión lectora.
  • La ortografía.
  • El cálculo.
  • La resolución de problemas.
  • La expresión escrita.
  • La comprensión de instrucciones.
  • La memoria de trabajo.

Un niño con dislexia, discalculia, dificultades del lenguaje u otras necesidades de aprendizaje puede empezar el curso con entusiasmo y desanimarse al comprobar que vuelve a encontrarse con obstáculos similares a los del año anterior.

La aparente falta de interés puede ser, en realidad, una forma de protegerse del fracaso:

«Si digo que no quiero hacerlo, quizá no se note que no sé cómo hacerlo».

La novedad ha dejado de sostener la motivación

Un aula nueva, un profesor diferente y materiales recién estrenados pueden generar suficiente interés para mantener la atención durante las primeras semanas.

Cuando la rutina se vuelve predecible, algunos niños empiezan a necesitar más esfuerzo para iniciar y mantener las actividades.

Esto puede aparecer especialmente cuando:

  • Las tareas son largas o repetitivas.
  • La recompensa está muy alejada.
  • No comprenden para qué sirve la actividad.
  • El nivel es demasiado fácil o excesivamente difícil.
  • Tienen pocas oportunidades para elegir.
  • Necesitan retroalimentación más frecuente.

No siempre estamos ante falta de voluntad. Puede existir una dificultad para activar el esfuerzo cuando la tarea ya no proporciona interés, novedad o una recompensa inmediata.

Empiezan a definirse los grupos sociales

Durante los primeros días, muchos niños se relacionan con compañeros diferentes. Con el paso de las semanas, los grupos se consolidan y las relaciones adquieren mayor estabilidad.

Es entonces cuando algunos niños empiezan a sentirse en la periferia.

Quizá tienen compañeros, pero no una amistad cercana. Puede que les cueste incorporarse a los juegos, seguir conversaciones rápidas, comprender bromas o resolver pequeños conflictos.

También pueden haber empezado las comparaciones:

«Todos tienen un mejor amigo menos yo».

«Nunca me eligen primero».

«Los demás son mejores que yo».

Estas experiencias pueden aumentar la ansiedad y hacer que ir al colegio resulte cada vez más difícil, aunque académicamente no exista ningún problema evidente.

Ha estado escondiendo sus dificultades para encajar

Algunos niños observan a sus compañeros y copian su forma de actuar para evitar llamar la atención. Pueden ensayar lo que van a decir, contener movimientos, imitar expresiones o permanecer callados cuando no comprenden una situación.

Este esfuerzo por ocultar o compensar determinadas dificultades se ha estudiado especialmente en el autismo y puede aparecer con mayor frecuencia en algunas niñas y adolescentes.

Desde fuera quizá parezcan adaptados. Sin embargo, mantener esta estrategia durante muchas horas puede asociarse con cansancio, ansiedad y sensación de no poder mostrarse como son.

Por eso, que un niño no genere problemas en el aula no significa necesariamente que esté tranquilo, comprendiendo lo que ocurre o participando sin esfuerzo.

Señales de que el curso puede estar resultándole demasiado exigente

No debemos alarmarnos ante un día de cansancio o una tarde complicada. Conviene observar si el cambio se mantiene y afecta a distintas áreas de la vida cotidiana.

Algunas señales que merecen atención son:

  • Agotamiento intenso al salir del colegio.
  • Enfados o llanto frecuentes al llegar a casa.
  • Rechazo creciente a hacer los deberes.
  • Dificultad para levantarse los días lectivos.
  • Dolores de cabeza o de barriga recurrentes.
  • Problemas de sueño.
  • Pérdida de apetito o aumento de la irritabilidad.
  • Comentarios negativos sobre su capacidad.
  • Olvidos y pérdida de materiales cada vez más frecuentes.
  • Aislamiento o preocupación por los compañeros.
  • Descenso repentino del rendimiento.
  • Necesidad de pasar toda la tarde recuperándose.
  • Pérdida de interés por actividades que antes disfrutaba.

Una señal aislada no permite extraer conclusiones. Lo importante es identificar el patrón, la intensidad y la interferencia.

Qué pueden hacer las familias

Preguntar por momentos concretos

Preguntas como «¿Qué tal el colegio?» suelen obtener respuestas muy breves.

Podemos preguntar:

  • «¿Qué momento del día se te está haciendo más largo?».
  • «¿En qué asignatura necesitas concentrarte más?».
  • «¿Hay algún momento en el que no sepas qué tienes que hacer?».
  • «¿Con quién estás durante el recreo?».
  • «¿Qué parte del día te deja más cansado?».
  • «¿Hay algo que antes parecía fácil y ahora te está costando?».

El objetivo no es interrogarlo, sino ayudarlo a identificar qué está consumiendo sus recursos.

Proteger un tiempo de recuperación

Algunos niños necesitan unos minutos de descanso al llegar a casa antes de hablar, hacer los deberes o acudir a otra actividad.

Puede ayudar:

  • Ofrecer una merienda tranquila.
  • Reducir las preguntas inmediatas.
  • Permitir un rato de juego libre o movimiento.
  • Evitar empezar los deberes en pleno desbordamiento.
  • Revisar si existen demasiadas actividades extraescolares.

Descansar no significa evitar las responsabilidades. Significa recuperar parte de la energía necesaria para afrontarlas.

Dividir las demandas de la tarde

Cuando el niño ya llega cansado, escuchar «tienes que hacer todos los deberes» puede hacer que la tarea parezca inabarcable.

Podemos ayudarlo a:

  • Revisar qué tareas tiene.
  • Ordenarlas por dificultad o urgencia.
  • Empezar por una acción pequeña.
  • Alternar trabajo y pausas breves.
  • Utilizar una lista visible.
  • Preparar la mochila al finalizar.

El apoyo debe retirarse progresivamente, pero primero necesitamos enseñarle cómo organizar aquello que todavía no puede gestionar solo.

Evitar interpretar inmediatamente el cambio como mala actitud

Frases como estas pueden aumentar la culpa y el bloqueo:

  • «En septiembre no te quejabas».
  • «Cada vez eres más vago».
  • «Si quisieras, podrías».
  • «No tienes motivos para estar cansado».
  • «Ya estás otra vez con lo mismo».

Podemos sustituirlas por:

  • «Veo que estas semanas están siendo más difíciles».
  • «Vamos a intentar descubrir qué ha cambiado».
  • «No tienes que resolverlo todo tú solo».
  • «Que te cueste no significa que no seas capaz».
  • «Buscaremos una forma de que puedas participar sin terminar agotado».

Cómo puede ayudar el colegio

La coordinación con el tutor o el equipo de orientación puede aportar información que la familia no observa.

En lugar de preguntar únicamente si se comporta bien, podemos solicitar datos más concretos:

  • ¿Ha cambiado su participación desde septiembre?
  • ¿En qué asignaturas parece más cansado o distraído?
  • ¿Comprende las instrucciones?
  • ¿Termina las tareas dentro del tiempo disponible?
  • ¿Pide ayuda cuando no entiende algo?
  • ¿Cómo se relaciona durante el recreo?
  • ¿Existen momentos de ruido o sobrecarga?
  • ¿Necesita más recordatorios que sus compañeros?
  • ¿Está realizando un esfuerzo excesivo para pasar desapercibido?

Según las necesidades del niño, pueden resultar útiles apoyos como:

  • Instrucciones breves y divididas.
  • Anticipación de cambios.
  • Apoyos visuales.
  • Tiempo adicional en algunas tareas.
  • Reducción de la copia innecesaria.
  • Un adulto de referencia.
  • Un espacio tranquilo en momentos determinados.
  • Apoyo en la planificación y organización.
  • Observación de las relaciones sociales.

Los apoyos no deben utilizarse para reducir las oportunidades de aprendizaje, sino para que el niño pueda acceder a ellas sin emplear todos sus recursos únicamente en mantenerse dentro de la situación.

Cuándo puede ser recomendable realizar una valoración

Puede ser conveniente consultar cuando el cambio es persistente, intenso o está afectando al aprendizaje, la asistencia al colegio, la convivencia familiar, el sueño, las relaciones o la autoestima.

Una valoración psicológica o neuropsicológica puede explorar:

  • La atención y las funciones ejecutivas.
  • El perfil cognitivo.
  • La lectura, la escritura y las matemáticas.
  • El lenguaje y la comprensión.
  • La ansiedad y la regulación emocional.
  • Las relaciones sociales.
  • La sensibilidad sensorial.
  • La posible presencia de TDAH, autismo, altas capacidades o dificultades específicas del aprendizaje.

El objetivo no es encontrar rápidamente una etiqueta. Es comprender por qué un niño que parecía desenvolverse bien al empezar el curso está teniendo dificultades ahora y qué apoyos pueden evitar que el esfuerzo termine convirtiéndose en sufrimiento.

Quizá no ha empeorado: quizá ya no puede seguir compensando

Cuando en septiembre parecía ir bien y en octubre todo empieza a costar, no siempre estamos ante un niño que ha perdido el interés o ha decidido esforzarse menos.

Puede que las exigencias hayan aumentado.

Puede que el cansancio se haya acumulado.

Puede que los contenidos nuevos hayan hecho visible una dificultad de aprendizaje.

Puede que las relaciones sociales se hayan vuelto más complejas.

O puede que haya estado haciendo un esfuerzo que nadie había llegado a ver.

Por eso, antes de preguntarnos:

«¿Por qué ahora no quiere?»

podemos intentar comprender:

«¿Qué está necesitando sostener cada día y qué podemos hacer para que no tenga que hacerlo solo?»

Psicología infantil en L’Hospitalet de Llobregat

En el Centro de Psicología Laura Aut, en L’Hospitalet de Llobregat, acompañamos a niños, adolescentes y familias ante dificultades relacionadas con la adaptación escolar, la ansiedad, el TDAH, el autismo, las funciones ejecutivas y los trastornos del aprendizaje.

La valoración permite conocer las fortalezas y necesidades de cada niño y diseñar una intervención personalizada, coordinada con la familia y, cuando es necesario, con el centro educativo.

Si observas que, tras las primeras semanas de curso, tu hijo está cada vez más cansado, bloqueado o desbordado, podemos ayudaros a comprender qué está ocurriendo y qué apoyos necesita.

Preguntas frecuentes

¿Es normal que mi hijo esté más cansado en octubre que al comenzar el colegio?

Puede ocurrir porque el ritmo y las exigencias aumentan y desaparece el impulso de la novedad. Conviene prestar atención cuando el cansancio es intenso, persistente o afecta al estado de ánimo, el aprendizaje o la vida familiar.

¿Que se comporte bien en el colegio significa que allí está tranquilo?

No necesariamente. Algunos niños realizan un gran esfuerzo para controlar su conducta, seguir las normas o esconder sus dificultades. Es importante preguntar también por su participación, bienestar y nivel de cansancio.

¿El agotamiento después del colegio significa que tiene TDAH o autismo?

No. Puede relacionarse con muchos factores y también aparecer sin ningún diagnóstico. La valoración debe considerar el funcionamiento global del niño y no únicamente el cansancio.

¿Debemos eliminar las actividades extraescolares?

No siempre. Conviene revisar si aportan disfrute o si están aumentando la sobrecarga. Algunos niños se regulan mediante una actividad que les interesa, mientras que otros necesitan tardes menos estructuradas.

¿Cuándo debemos hablar con el colegio?

Cuando el cambio se mantiene durante varias semanas, aparecen síntomas físicos, rechazo escolar, dificultades académicas o un agotamiento que interfiere significativamente en su vida cotidiana.

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